La clave de la felicidad: ¡viajar!

No debería sorprenderme, puesto que es mi afición número uno. Pero parece que para creernos realmente una afirmación necesitamos que la respalde algún estudio -aunque sea realizado por una parte interesada y entre un público que, de por sí, es consumidor de este tipo de producto.

Y es que en la encuesta, realizada por Booking* (mirad más abajo para un descuento en su web), el 49 % de los encuestados señala «que unas vacaciones le han hecho más feliz que el día de su boda». La cosa va aún más lejos… el 29% de ellos afirma que viajar tuvo un impacto emocional en sus vidas incluso mayor que tener un hijo. Y no penséis que la encuesta es la típica de los cosméticos realizada entre 18 personas (mujeres, por norma general). No, no. En ella participaron 17.000 personas de 17 países. Casi nada.

Aunque no llegaría tan lejos como nuestros queridos encuestados, sin duda viajar es una de las mayores alegrías de mi vida. No hay nada material que se le pueda comparar. Y es que, como dijo algún sabio, «viajar es la única cosa que se puede comprar que te hace más rico».

Un viaje no empieza el día que coges el avión, el coche o el barco. Comienza cuando viendo la tele, o cotilleando por Instagram o Facebook, de repente ves un lugar que te cautiva y te dices: «yo quiero estar ahí». Y así empieza. Investigas el sitio, encuentras otros lugares mágicos cerca, te informas sobre las viandas y brebajes de la zona. De hecho, aunque no llegue a buen puerto, ya la propia planificación de un viaje platónico es todo un placer.

Después, llega la emoción (por no decir engorro) de preparar la maleta, imaginándote lo que vas a hacer, el frío o el calor que vas a pasar, las horas que vas a caminar y las pistas de baile donde vas a gastar tacones.

Cuando por fin llega el día, descubres todo un mundo nuevo a cada paso. El paisaje cuando vas en coche y por fin sales de tu ciudad. Los letreros en un idioma extraño cuando aterrizas en un aeropuerto extranjero. El bofetón de calor o de frío al salir por primera vez a un clima distinto. Los rasgos exóticos de la gente que te cruzas por la calle. Sabores y olores desconocidos hasta el momento.

Cada una de estas experiencias te deja un recuerdo, una sensación, que te permite disfrutar del viaje muchas veces después de que haya terminado. Cada vez que ves las fotos. Cuando abres la botella de vino que compraste allí. Al mirar el imán de la nevera. Mil cosas te llevan de nuevo, cuando menos lo esperas, al centro de París, las playas de Formentera, los castillos de Alemania, las callejuelas de Santiago.

Y es que, para citar a otro sabio desconocido, «no viajamos para escapar de nuestras vidas, sino para que nuestras vidas no se nos escapen».

M.

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Foto: propia, en algún lugar del Valle de la Muerte (Death Valley).

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